Es de día, lo sé,
lo dicen los coches parados en los semáforos,
la rutina de sus ruedas
camino no se sabe a dónde,
chirriando, golpeándome la cabeza
con su monotonía.
El sol entra por una rendija de la persiana
para anunciar la noticia:
en esta habitación siempre será de noche.
Una nueva guerra se grita en las calles,
la ceniza dibuja miseria por el suelo del salón,
los espejos se empañan de terror,
la maldita humedad de esta ciudad
empapa a los perros de la calle,
el reloj va matando las estaciones.
Tic-tac.
Tic-tac.
Asfixia.
Tengo miedo al fin, y esto es un fin.
Lo anuncian los periódicos vespertinos,
se perfila en las miradas grises,
en las palabras de los cuadernos amarillos,
en los teléfonos descolgados,
en el grifo abierto, las gotas cayendo
poco a poco
una a una
Ahogo.
Esto es un fin. Un fin sin intención de morir,
agonizante, moribundo, pero aún vivo.
Un fin que infecta el aire y a quien le bese.
Un fin como una enfermedad crónica,
al fin y al cabo, como un silencio eterno.