lunes

Las palabras se pronuncian como cuchillos
que apuñalan un cielo
que se resquebraja como el vidrio.
En esta habitación habita el frío.
El reflejo se ahuyenta del espejo
si le muestra esa vida hecha añicos.
La música del reloj se vuelve una canción fúnebre
y las rosas mueren sobre las flores marchitas,
ya ennegrecidas, rosas que se vuelven polvo.
Llueve sobre los insomnios y se mojan las sábanas.
Los ojos que una vez eran de hierro
ahora son los de un niño perdido.
Los labios que una vez cantaron al sol
ahora callan el silencio.
Las cartas, ya cenizas,
son el informe de la ausencia
que precede al final de una guerra.

domingo

A día de hoy, el cielo sigue sobre nosotros,
las personas de esta ciudad se miran los zapatos al caminar
los perros ladran por el día, y las cabinas 
de teléfono chirrían cuando la noche ya no es noche.
He buscado el olvido en cada portal, en cada estación
y todos esos lugares eran una mentira de los mapas.
El mayor de los miedos se cumplió: sonó un adiós 
y el cielo no se rompió en añicos.
A día de hoy, llueve y no llueve en esta casa
las goteras anidan como pájaros en nuestra cabeza
las hojas de los cuadernos mancharon de tinta
todo lo que aún estaba limpio
y nos arrancaron las palabras piel por piel, entraña por entraña.
Sé que no fue por ti, pero había que buscar un culpable.

Y ahora qué voy a hacer,
ahora que sé que el final sigue siendo el fin
y que, a pesar de lo que creímos,
el cielo, y las gentes, y los perros, y las cabinas,

y el mundo… El mundo seguirá ahí. 
Éramos la puta y el poeta de aquella película.
En esa jaula con vistas a la plaza aprendí a volar
sin alas sabiendo que no llegaría más allá de tu balcón.

En lo que será un intento fallido,
arranco las hojas de los libros,
las esparzo por el suelo,
y espero a que la poesía me impulse a salir de esta cueva,
recorrer las calles, presentarme en tu casa
y gritarte que valía más la mentira
que todos los silencios que guardas.

Me engaño más que fumo
y ya llevo siete cigarros.

El teléfono sólo espera que borre tu nombre,
y la agenda, y los diarios nocturnos
y toda esta mierda que quiero que me impulse y no lo hace
porque sabe que a errores gano yo
y no la necesito a ella para matarme:

no quiere ser cómplice
y culpable de este infierno.
No, de lo que sea, pero de eso no.

Tendré que barrer este desastre,
o abrir la ventana y dejarlo volar.
Y seguir inhalando mentiras
estaciones
y humo.

sábado

10:20

La niebla rompe la ciudad en dos,
silencia la mañana con su humedad,
repican las campanas una canción horrible.

Crujen las vías un dolor indescriptible.
Un señor mira su reloj, sus agujas dejaron de marcar las horas
para marcar los años, los daños de la memoria.

Para el tren en el andén, pasajeros que bajan
y suben como héroes que vuelven gloriosos,
en sus maletas las mejores batallas
en la mía palabras baratas.

A través de esta ventana todo es frío y velocidad.
Árboles que cantan a una primavera pasada,
carreteras atascadas, humo y ruido, ruido y humo.

Los edificios de una ciudad próxima se hacen gigantes
y, un instante después, desaparecen,
como motas de polvo.

Dejar el mundo atrás, seguir el viaje,
maldecir casi rezando la distancia y el tiempo:
monotonía de lo interminable.

Nunca llega la próxima estación,
nunca la hora,
nunca el silencio,
el instante.

Y, poco a poco, buscamos refugio en el horizonte
huimos de la espesura del amanecer

como perros abandonados en la calle.

lunes

Resumen del silencio

Se me olvidó escribir.
No recuerdo cuando empezó el invierno
ni sé cuando acabará
pero promete ser más frío.
Me confesaste que hacer arder esta ciudad 
es sólo una forma de ahuyentar lobos,
que huir de ellos es la excusa de los cobardes.
Y yo estoy harta de salir corriendo,
esta cueva no es lugar para esconderse
ni tengo miedo a este incendio.
Prefiero esperar entre cenizas.
Vendrás con el frío del norte 
a arrancarme las palabras
volverá el verano a tirar piedras a mi ventana.

miércoles

Es de día, lo sé, 
lo dicen los coches parados en los semáforos,
la rutina de sus ruedas
camino no se sabe a dónde,
chirriando, golpeándome la cabeza
con su monotonía.
El sol entra por una rendija de la persiana
para anunciar la noticia:

en esta habitación siempre será de noche.
Una nueva guerra se grita en las calles,
la ceniza dibuja miseria por el suelo del salón,
los espejos se empañan de terror,
la maldita humedad de esta ciudad 
empapa a los perros de la calle,
el reloj va matando las estaciones.
Tic-tac.
Tic-tac.
Asfixia.
Tengo miedo al fin, y esto es un fin.
Lo anuncian los periódicos vespertinos,
se perfila en las miradas grises,
en las palabras de los cuadernos amarillos,
en los teléfonos descolgados,
en el grifo abierto, las gotas cayendo
poco a poco
una a una
Ahogo.
Esto es un fin. Un fin sin intención de morir,
agonizante, moribundo, pero aún vivo.
Un fin que infecta el aire y a quien le bese.
Un fin como una enfermedad crónica,
al fin y al cabo, como un silencio eterno.