La niebla rompe la ciudad en dos,
silencia la mañana con su humedad,
repican las campanas una canción horrible.
Crujen las vías un dolor indescriptible.
Un señor mira su reloj, sus agujas dejaron de marcar las horas
para marcar los años, los daños de la memoria.
Para el tren en el andén, pasajeros que bajan
y suben como héroes que vuelven gloriosos,
en sus maletas las mejores batallas
en la mía palabras baratas.
A través de esta ventana todo es frío y velocidad.
Árboles que cantan a una primavera pasada,
carreteras atascadas, humo y ruido, ruido y humo.
Los edificios de una ciudad próxima se hacen gigantes
y, un instante después, desaparecen,
como motas de polvo.
Dejar el mundo atrás, seguir el viaje,
maldecir casi rezando la distancia y el tiempo:
monotonía de lo interminable.
Nunca llega la próxima estación,
nunca la hora,
nunca el silencio,
el instante.
Y, poco a poco, buscamos refugio en el horizonte
huimos de la espesura del amanecer
como perros abandonados en la calle.