Un día decidimos perdonarnos los errores
porque ya no había nada que salvar.
"Estaría bien olvidarnos.
Tú primero", dijiste, y lo hice.
La felicidad nos miraba desde la puerta,
escondida, con cara de muñeco roto
que pide que juguemos una última vez con él
antes de tirarlo a la basura junto a todo.
Huiste a la ciudad donde el anonimato te salva
y dejas dormir a la esperanza contigo
todos los sábados, con distintas bocas.
"Yo no soportaré otro invierno", rezaba.
Y terminé ahorcándome con los cordones de tus zapatos,
para evitar las ganas de morirme en cada latido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario