Tengo un miedo terrible a
los puntos y finales:
recuerdan a la muerte sin
dolor, a la muerte sin sabor,
a la muerte sin gracia y
sin ser muerte...
La -última- estrofa muere
sin saber que ha muerto:
por eso me acora acabar un
verso tan súbitamente,
como si le hiciera creer que le sucederán tres puntos,
como si en lugar de whisky le pusiera arsénico,
con hielo, claro: nadie se tomaría un arsénico caliente;
como si "mañana te llamo" y posteriormente empujarlo por un precipicio...
Pero.
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